Si uno se imagina un bosque, probablemente aparezcan en la mente altos troncos, copas verdes y cantos de aves. Pero existen otros tipos de bosques, unos que no se ven a simple vista, pero que son tan importantes como los otros. Están sumergidos en las frías aguas del Atlántico Sur, meciéndose con la marea como una selva hipnótica. Son los bosques de cachiyuyo, gigantes de algas pardas que pueden crecer hasta veinte metros y formar verdaderas ciudades submarinas.
Se los ha comparado con los bosques terrestres, y no es una metáfora exagerada. Como los árboles, el cachiyuyo hace fotosíntesis, captura CO₂, libera oxígeno y sostiene redes de vida enteras. Solo que lo hace desde abajo, fuera del alcance de la observación simple.
LA ARQUITECTURA DEL MAR
En Chubut, estos bosques submarinos aparecen como corredores o parches cercanos a la costa, especialmente sobre fondos rocosos. Sus frondes —las “hojas” del alga— se extienden desde profundidades de 5 a 20 metros hasta la superficie, formando un dosel que puede verse con drones e, incluso, desde los satélites. En algunas mareas bajas, asoman tímidamente a la vista, como queriendo recordarnos que están ahí.

A medida que uno se acerca al sur, estos bosques se vuelven más abundantes y complejos. En Tierra del Fuego, por ejemplo, alcanzan su máximo esplendor. En Chubut, en cambio, su presencia es más estacional: suelen llegar a la costa tras completar su ciclo de vida.
Lo notable es que, a pesar de su discreción, los cachiyuyos sostienen un universo. “Son especies ingenieras del ecosistema marino costero”, explican biólogos especialistas del CONICET. Y no es una forma poética de decirlo: cumplen funciones vitales en la arquitectura ecológica del mar.
UN REFUGIO CON MILES DE PUERTAS
Entre sus frondes y raíces —o más precisamente, sus grampones, que se fijan al fondo— viven una enorme cantidad de macroinvertebrados. Se han encontrado relaciones con la centolla en sus estadios juveniles, con delfines, moluscos, crustáceos y peces que encuentran en estas algas un hogar donde crecer, reproducirse o simplemente no ser comidos.

Además, al descomponerse, el cachiyuyo alimenta a muchas de estas mismas especies. Sus restos se convierten en detritos que nutren al fondo marino y forman parte del ciclo del carbono. Porque en la arquitectura perfecta del mar nada se desperdicia: lo que flota, también es alimento.
RESPIRAR GRACIAS AL MAR
Gran parte del oxígeno que respiramos proviene del mar, aunque popularmente se asocie a la función de las plantas. Y en ese sistema, las algas como el cachiyuyo tienen un papel clave. Son productoras primarias: transforman la luz solar en energía y, en el proceso, liberan oxígeno. También capturan CO₂, lo que las convierte en aliadas naturales contra el cambio climático.
En el caso de Chubut, aún no se han detectado impactos significativos del calentamiento global ni de la contaminación sobre estos bosques. Pero los científicos advierten que es urgente contar con información actualizada sobre su dinámica y biología, para prevenir cualquier daño antes de que sea tarde. Proteger estos bosques es proteger la biodiversidad del mar patagónico.
