Se trata del lobo marino de dos pelos sudamericano, una especie tan compleja como indispensable. Su mayor refugio en la Argentina está en Isla Rasa, un islote deshabitado frente a la costa de Camarones, donde se concentra más del 60% de la población reproductiva nacional, sin contar las colonias de las Islas Malvinas.
Este no es un dato más: si algo le ocurriera a esta colonia, la población argentina entera entraría en zona de riesgo.
“Es un lugar remoto, difícil de monitorear. Pero por eso mismo tan valioso. Es como cuidar una bóveda natural”, explica Ignacio “Nacho” Gutiérrez, coordinador técnico del Proyecto Patagonia Azul.
ANIMALES DE AGUA PROFUNDA
En la Argentina, el lobo de dos pelos no se comporta como sus primos más famosos. No vive en grandes grupos ni suele estar a la vista. Es solitario, buceador, y pasa gran parte de su vida mar adentro. “Frecuentan las zonas profundas, lejos de tierra firme. A diferencia del lobo de un pelo, que es más costero, éste casi que desaparece cuando entra al agua”, dice Nacho.
El equipo de Patagonia Azul lleva años siguiendo a estos animales mediante dispositivos satelitales. El resultado es un mapa vibrante, vivo, que muestra rutas marinas que desafían los límites geográficos.
“Una hembra que marcamos en Isla Rasa recorrió más de mil cuatrocientos kilómetros hasta Uruguay y volvió en menos de un mes. Eso demuestra que estas colonias no son islas ecológicas: están conectadas por corredores que ni imaginábamos”, cuenta.

Con esa información, los investigadores pueden saber no solo hacia dónde se mueven, sino cuánto tiempo pasan bajo el agua, en qué zonas cazan, cuánto descansan. “Estamos armando una especie de bitácora marina, especie por especie. Antes teníamos fragmentos; ahora podemos leer historias completas”.
SOBREVIVIENTE DE LA CACERÍA, EMPLEMA EN RECUPERACIÓN
La historia del lobo marino de dos pelos en Argentina es también la de un sobreviviente. Durante siglos, fue cazado de forma intensiva por su piel y grasa. Su abundancia fue su sentencia. En las primeras décadas del siglo XX, su número colapsó.
“Estuvo al borde de desaparecer. Lo que vemos hoy son poblaciones fragmentadas, que avanzan lento, pero que aún conservan un valor biológico enorme”, señala Nacho.
En 2023, Chubut dio un paso decisivo al declarar al lobo marino de dos pelos como Monumento Natural Provincial, una categoría que lo protege especialmente y lo pone en el centro de políticas de conservación.

“Ese tipo de decisiones no solo reconocen su vulnerabilidad, también visibilizan su rol ecológico”, afirma Nacho. Porque este animal no es solo carisma con bigotes: es un depredador tope que regula poblaciones marinas clave y da forma al equilibrio del ecosistema.
UNA ESPECIE QUE GUARDA EL PULSO DEL OCÉANO
Los científicos describen su comportamiento bajo el agua con un término casi poético: marsupéo, ese movimiento en el que el animal emerge en pequeños saltos mientras nada a gran velocidad. “Lo hacen los pingüinos también. Es como verlos volar, pero debajo del mar”, describe Gutiérrez.
Y no es lo único fascinante: hay individuos que pasan semanas enteras sin volver a tierra firme. Viven en un universo paralelo, invisible para casi todos. “A veces te preguntás: ¿cuántas otras especies están allá afuera, viviendo sus vidas sin que nadie lo note?”, reflexiona Nacho.
La pregunta no es retórica. Porque cada vez que el equipo de Patagonia Azul regresa de una campaña, lo hace con más señales de que el Mar Patagónico no es un desierto frío, sino un entramado vivo y vulnerable, lleno de seres que abundan en silencio.
“Cuando estás en Isla Rasa, entre el viento y las rocas, rodeado de ellos, lo entendés. No es solo una especie. Es una parte de este lugar, una pieza del mar. Y protegerla es también proteger lo que somos como región, como país”, dice.
