La posibilidad de reactivar un canal diplomático para frenar la guerra en Oriente Próximo volvió a escena esta semana, pero lo hizo envuelta en contradicciones y mensajes cruzados.
Mientras Washington anunciaba el envío de emisarios a Pakistán para retomar negociaciones con Teherán, el Gobierno iraní salió a negarlo de forma explícita, introduciendo incertidumbre sobre el alcance real de la mediación.
El episodio retrata un momento de alta volatilidad diplomática, en el que gestos y desmentidas conviven con una presión militar y económica que sigue escalando.
Desde Teherán, el portavoz del Ministerio de Asuntos Exteriores, Esmaeil Baqaei, aseguró que no existe una reunión programada entre la delegación iraní y representantes del Gobierno estadounidense en Islamabad.
Según explicó, el canciller Abbas Araghchi —ya presente en la capital paquistaní— mantendrá conversaciones únicamente con autoridades de alto nivel de Pakistán, en el marco del rol mediador de ese país, pero no con enviados de Estados Unidos. La declaración desmintió de plano los anuncios previos de la Casa Blanca y puso en duda la inminencia de una segunda ronda de negociaciones bilaterales.
La negativa iraní contrastó con el discurso de Washington. El presidente Donald Trump confirmó que sus asesores Steve Witkoff y Jared Kushner viajarían a Pakistán con el objetivo de “mover la pelota hacia un acuerdo” y aseguró públicamente que Irán desea explorar una salida negociada al conflicto. La Casa Blanca había presentado el viaje como una oportunidad para destrabar el diálogo en medio de un frágil alto el fuego y temores crecientes por el impacto global del enfrentamiento.
La confusión diplomática no es nueva. A comienzos de abril, Islamabad ya había sido sede de conversaciones indirectas y directas entre delegaciones de alto nivel de ambos países, con participación activa del primer ministro paquistaní Shehbaz Sharif.
