La Ruta Patagonia Azul (RP 1), que une el norte y el sur de la costa chubutense, es para muchos, un portal hacia un lugar donde el silencio cobra volumen y el viento patagónico dicta el ritmo de las horas. A 170 kilómetros al sur de Trelew, Cabo Raso se erige como un testimonio de resistencia y belleza: un paraje que supo ser un pueblo activo, que quedó en ruinas y que hoy, gracias a un proyecto familiar, late al pulso de la naturaleza.
Si bien el verano es la postal más conocida, el invierno en Cabo Raso propone un encanto particular. Elaine, pionera y alma del emprendimiento, es quien recuperó gran parte de las construcciones originales del paraje, sostiene que la temporada fría ofrece una faceta distinta pero igual de fascinante. “Las opciones son similares a las del verano, pero con el frío es tiempo de interiores, de lectura, buena comida y de compartir charlas junto al fuego. La propuesta se vuelve sumamente interesante y única”.
EL REFUGIO COMO FORMA DE HABITAR EL PAISAJE
La dinámica de alojamiento ha evolucionado desde aquellos años de inicio donde todo era improvisación. Hoy, Cabo Raso ofrece diversas opciones que van desde casitas autosuficientes —bien equipadas para combatir el frío— hasta la calidez de la hostería. El corazón de la vida social se encuentra en el salón comedor, un espacio común donde se cocina, se comparte la mesa y donde la convivencia fluye de manera natural.
Lo que marca la diferencia en este rincón de la Ruta Patagonia Azul es la filosofía de su propuesta. Aquí, la ausencia de Wi-Fi es una invitación deliberada a soltar.
“El perfil de personas que nos visita busca básicamente desconectarse. No tienen señal, no pueden ir a otro lado; tienen que estar ahí, tomarse un café y habitar el lugar”, comenta Elaine. Esta premisa obliga al visitante a abandonar la inmediatez y centrarse en lo esencial: el bienestar, la paz y la conexión profunda con la naturaleza y el entorno.

La propuesta gastronómica acompaña ese ritmo pausado. Al estar ubicados en un punto remoto, la cocina se nutre de lo que el equipo prepara diariamente. “Es comida casera, lo hacemos todo nosotros”, resume Elaine sobre una oferta que es un acto de cuidado hacia quien llega a buscar resguardo después de recorrer los kilómetros de ripio que separan al Cabo del resto del mundo.
UN PACTO CON LA HISTORIA Y LA SUSTENTABILIDAD
El paraje tiene un código de convivencia claro, necesario para preservar la fragilidad de este ecosistema patagónico. Se utiliza energía solar, agua de pozo y se recicla casi la totalidad de los materiales que forman parte de las instalaciones, como aquel curioso comedor que funciona dentro de un transformado búnker militar construido para el histórico misil Cóndor II. Todo en Cabo Raso tiene una historia que merece ser escuchada.
Desde el surf para los pocos aventureros que aprovechan los swells de invierno y se animan a las aguas heladas, o simplemente para observar el cielo estrellado, realizar caminatas por senderos que bordean acantilados o contemplar el mar desde un ventanal mientras el frío ruge afuera, Cabo Raso se presenta como opción distinta.
Aquella idea nacida en 2007 de recuperar lo que estaba en ruinas, hoy permite que viajeros de todas partes descubran que, con menos y con lo indispensable, es posible vivir bien. Es la oportunidad de encontrarse con uno mismo, rodeado de guanacos, maras y un mar bravío que golpea la costa recordando que, aunque el mundo exterior se acelere, siempre habrá un refugio donde el tiempo elige detenerse.
