“Era una mañana de julio que comenzaba tan ordinariamente como cualquier otro día: preparar el desayuno. Alimentar a los perros. Tomar vitaminas. Encontrar ese calcetín perdido. Recoger el crayón rebelde que rodó debajo de la mesa. Atar mi cabello en una cola de caballo antes de sacar a mi hijo de su cuna”, inicia el relato de la duquesa.
Continuando con su narración, dijo que “después de cambiarle el pañal, sentí un fuerte calambre. Me dejé caer al suelo con él en mis brazos, tarareando una canción de cuna para mantenernos a los dos tranquilos, la alegre melodía contrastaba con mi sensación de que algo no estaba bien”.
“Sabía, mientras abrazaba a mi primogénito, que estaba perdiendo al segundo”, remarca la desgarradora columna de Markle.
Explicó que horas más tarde, “yacía en una cama de hospital, sosteniendo la mano de mi esposo. Sentí la humedad de su palma y besé sus nudillos, mojados por nuestras lágrimas. Mirando las frías paredes blancas, mis ojos se pusieron vidriosos. Traté de imaginar cómo nos curaríamos”.
Meghan recordó que comenzó a sentirse mal y agotada tras una larga gira por Sudáfrica con su marido, el príncipe Harry. “Yo estaba exhausta. Estaba amamantando a nuestro hijo pequeño y tratando de mantener una cara valiente ante los ojos del público”.
