“No pensaba ser sindicalista, no pensaba trabajar tanto todos los días y vivir en Chubut”, dice Quiroga, de 50 años, quien revela que su sueño de chico era ser de la Policía Federal y lo hubiese logrado si no fuera porque le detectaron un problema en la vista que lo obligó a cambiar de planes.
“La vida de un hombre es un miserable borrador”, escribió alguna vez Haroldo Conti y las peripecias que vivió Quiroga para llegar al lugar donde está sentado parecen escritas con lápiz en un cuaderno gastado, de papel amarillento.
“Abogacía es una cuenta pendiente a terminar. Me volví a anotar en Derecho, y digo esta vez voy a hacerla, pedí la reincorporación. El día que me vaya de ATE capaz que sea el abogado de este sindicato, me gustaría”, confiesa Quiroga, alto y corpulento, de mirada firme, que quiere dar el ejemplo a sus hijos.
La historia del secretario general de ATE Chubut empieza con un joven de 18 años que llega a Trelew con la idea ingresar a la policía federal, se va a General Roca a estudiar Derecho, trabaja cargando manzanas y sirviendo tragos en una tanguería y- casi sin querer- se convierte en el portavoz de los reclamos de sus compañeros.
Quiroga piensa que en el fondo siempre hubo un rasgo de su personalidad que los otros vieron en él, que lo llevó a forjar una carrera sindical y a ser el secretario general de ATE Chubut. El flaco alto que pedaleaba en bicicleta por caminos de ripio en General Roca, ni siquiera se imaginaba que iba a iniciar un recorrido gremial en Chubut.
En su devoción por “El Zorro” y el “Llanero Solitario” a los que admiraba en su infancia, Quiroga identifica los primeros rasgos de “justiciero” que lo llevarían a ser un dirigente gremial que se le planta a cualquiera. Pero eso lo entendería mucho tiempo después.
“Siempre me molestó la injusticia; hace unos cinco o seis años vi cómo estaban matando a un pibe en la calle en Puerto Madryn, y digo si no me meto lo matan, se estaba desangrado, les pegué un grito y se fueron corriendo”, dice.
DICTADURA Y DEMOCRACIA
Quiroga nació en 1970 en Punta Alta, una localidad a pocos kilómetros de Bahía Blanca, en la provincia de Buenos Aires, donde está la Base Naval Puerto Belgrano. Pertenece a una generación que creció con la Dictadura del ´76, y en su adolescencia literalmente le cambiaron los libros en el colegio con la llegada de la democracia.
“Mi padre, mi padrastro y mis tíos eran militares, y mi cuñado, tío y hermanos eran de la Policía Bonaerense; te llenaban de publicidad de Gendarmería, y yo dije cuando era chico quiero ser policía federal. Mamá quería que fuera abogado y mi papá, ingeniero”, cuenta.
El padre de Quiroga, quien vive en Ushuaia, era suboficial de la Marina y cuando él tenía cinco años se separó de la madre y se vino a vivir a Trelew en 1975. La mamá rehizo su vida y se juntó con su padrastro, también militar.
Quiroga creció en Punta Alta una “fortaleza” donde no entraba otra idea que no fuera el discurso de la Junta Militar. La imagen del presidente de facto Jorge Rafael Videla se repetía en las portadas de todos los medios gráficos que llegaban a su casa.
“Había visiones pro militares y creo que desde ahí viene mi reacción en los años posteriores. Llegaban las revistas Gente, Siete Días, La Semana con la imagen de Videla todo el tiempo. Los padrinos de las escuelas eran los Militares”, comenta Quiroga.
Con la llegada de la democracia en 1983, Quiroga, ya adolescente, admiraba al presidente electo Raúl Alfonsín y comenzaba a interesarse por las ideas de Leandro N. Alem al que prefiere antes que a Hipólito Yrigoyen.
El padrastro es trasladado a Trelew a la Torre Omega en 1988. Quiroga se muda con la familia con la idea de cumplir su sueño de ingresar a la Policía Federal.
“Yo quería ir a la Policía Federal e hice la constancia de que estaba estudiando para no hacer la colimba. Me hacen la revisión médica, no tenía buena visión y no podía entrar a la Policía Federal”, se lamenta.
PASTA DE SINDICALISTA
“Lo sufrí no ser policía”, Quiroga recuerda la frustración al no haber ingresado a la Policía Federal, con 18 años, como una herida profunda que tardó tiempo en sanar. El joven se mudó a General Roca, Río Negro, con su ex mujer, para estudiar Derecho, ya que por aquellos años esa carrera no estaba en Trelew.
En los trabajos que tenía para solventar los estudios dio sin darse cuenta los primeros pasos que lo llevarían a convertirse en un dirigente gremial. Quiroga era un joven aplicado que trabajaba y estudiaba.
“Empecé a trabajar en una tanguería sirviendo tragos con una corbatita tejida color rosada y amarilla y camisa blanca; era cumplidor, manejaba las cosas con calma y no me peleaba nunca con nadie. El dueño, El Tano, era muy jodido, muy exigente”, recuerda.
Se venían las fiestas de fin de año y los compañeros lo designaron a Quiroga para que lo encarara al Tano y le pidiera un extra. “El boliche estaba oscuro, todos miraron para otro lado y yo lo encaré a Chiche (el dueño) y le dije queremos cobrar un poco más porque son las fiestas”.
-Bueno, si va a haber problema no abrimos nada y listo- respondió Chiche.
-Bueno, está bien, no abrimos- replicó el joven Quiroga.
“Terminó así. Cada uno a su casa. Al otro día era 23 de diciembre y me dijo sí, decile a la gente que vamos a pagar doble”, se ríe Quiroga al recordar su primera negociación cuando ni siquiera se le cruzaba por la cabeza estar en un gremio.
Más tarde, Quiroga consiguió trabajo en una empaquetadora de manzanas cargando cajones. El Tano lo dejaba salir antes del boliche y se iba pedaleando en bicicleta por un camino de ripio hasta la planta donde entraba a las 6 de la mañana.
Entre cajones de manzana Quiroga, quien hacía horas extra hasta la noche, conseguiría su segunda conquista sindical. “Los muchachos empezaron a quejarse de que no nos dan comida, no nos traen agua; cargábamos cajones, las manzanas jugosas dulces que acá no se venden. El ingeniero nos dice les traje fiambre; lo pedí yo, y tenía 20 años”, recuerda.
ENTRE CIMADEVILLA Y GRACIELA DI PERNA
En 1993, Quiroga regresó a Trelew con su ex mujer y su hija, cuando ya había completado dos años de abogacía. Después de trabajar en varios comercios locales, uno de los patrones le dijo que tenía condiciones para seguir una carrera universitaria. Pero el sueño de ser abogado tendría que esperar.
Quiroga se anotó en la Facultad de Ciencias Económicas, pero no le gustó. Entonces ingresó al Ministerio de Salud de la provincia, donde dio sus primeros pasos como gremialista.
“Entré como empleado público, me llaman y me dicen en todos los hospitales trabajan seis horas y nosotros estamos laburando ocho horas o nueve; te elegimos a vos para ver si hablás con los interventores de Siprosalud”, recuerda los primeros pasos.
En 2008, Quiroga tuvo un encontronazo con la ex ministra de Salud, Graciela Di Perna, cuando salió a defender a un hombre que se había encadenado. Entonces intervino el ex senador y dirigente radical Mario Cimadevilla, quien conocía a Quiroga de su paso por la vida interna del partido.
“Mario Cimadevilla decide ayudarme y presenta un escrito en feria judicial; se junta con la gente de Fiscalía de Estado, dicen hay que arreglar, me buscaron para que firme el acuerdo y me dicen ándate al sindicato no te queremos más acá”, recuerda.
EL DESENCANTO CON LA UCR
“La UCR me parecía un partido interesante. En Chubut se fue cerrando cuando pierden las elecciones en 2003; era la convención de las cabezas calvas y canosas; eran muchos hombres pelados y canosos los que conducían el partido y no tenía mucho sentido, no me motivaba”, dice Quiroga sobre su única incursión en la vida política partidaria de la provincia hasta ahora.
El joven Quiroga llegó a competir en una interna radical en 2007 contra el ex ministro de Seguridad, Federico Massoni, y el ex presidente del partido, Raúl Barneche. “Competimos Massoni con la lista roja, yo con la verde y el cimadevillismo con Barnetche a la cabeza, que ganó con toda la estructura. Massoni salió tercero o cuarto, era el destino”, se ríe al recordar aquella experiencia.
Desencantado con el rumbo del partido, Quiroga se desafilia de la UCR. “Yo fui (a la interna) con la ayuda de algunos intendentes que no querían al oficialismo y después armaron el Provech. Después me voy del partido y hoy no tengo ninguna afiliación partidaria”, comenta.
Cae la noche en Trelew. Afuera hace calor. El gato sigue despatarrado en el sillón. Quiroga se acuerda de los veranos en Punta Alta, cuando sacaban las sillas a la vereda.
“Nunca pude hacer dos cosas a la vez”, reconoce Quiroga que la vorágine de su trabajo no le permitió hasta ahora hacerse un lugar para sentarse a estudiar y rendir los exámenes. El año que viene, quizás.
