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Titulares

La línea aérea más austral del Mundo: El día que Saint-Exupéry voló a Comodoro Rivadavia

El creador de "El Principito" y otras grandes obras literarias, fue uno de los fundadores de la Aeroposta Argentina y el primero en inaugurar la ruta aérea hacia la ciudad petrolera.

Antoine Marie Jean-Baptiste Roger de Saint-Exupéry era su nombre completo. Nació en Lyon, Francia, el 29 de junio de 1900 y quedó huérfano de padre cuando tenía 4 años y se crio en el entorno femenino de una familia aristocrática de la ciudad de Lyon, donde su madre trabajaba como enfermera. Más conocido como Antoine de Saint-Exupéry, fue un escritor francés, autor de la famosa obra “El Principito” (entre otras) y un pionero en la aviación argentina y de la Patagonia.

Saint-Exupéry fue uno de los fundadores y el encargado de volar por primera vez a la Patagonia con la denominada Aeroposta Argentina, una línea aérea que se dedicó al transporte de correspondencia y en menor medida, al de pasajeros. Fue en estos viajes en donde el famosos aviador descubrió inhóspitos lugares del territorio que cautivaron su atención y que más tarde, los explayaría en sus icónicas obras.

El 1 de noviembre de 1929, Saintex, como lo llamaban sus amigos, partió en el vuelo inaugural desde el aeródromo de Harding Green (ubicado en Bahía Blanca y que desde 1970 se encuentra fuera de servicio) con rumbo final a Comodoro Rivadavia, el destino más austral al que, hasta ese momento, nadie había volado. Por cuestiones lógicas de la época y de autonomía de las aeronaves, se requirieron hacer previas escalas en Trelew y San Antonio Oeste.

Las primeras aeronaves utilizadas en esta ruta fueron los monoplanos Laté 25 y 26, con motores Renault de 450 HP, con capacidad para 4 pasajeros y correo. En 1931entraron en servicio los Laté 28, con motores Hispano Suiza de 500 HP, que podían transportar hasta 8 pasajeros.

Un Latécoère de la Aeroposta Argentina a poco de aterrizar en Comodoro en los años ’30s. En esa época los vientos eran tan fuertes que los aviones debían ser inmediatamente fijados a camiones.

Intentemos ubicarnos en tiempo y espacio y ver las acciones de este piloto con los ojos de una persona de aquella época. Donde el “volar” era relativamente algo nuevo y desconocido. Donde las grandes distancias de la Patagonia sembraban incertidumbres hasta en el cuerpo del más valiente. Imaginemos un territorio totalmente agreste, sin infraestructura de caminos ni de vías férreas. Sin ningún tipo de referencia que valga desde el aire. Sin ver más que el cielo hacia arriba y la desértica Patagonia hacia abajo.

Coincidimos si decimos que eran valientes y arriesgados pilotos -aunque fueron más que eso- los que se aventuraron por el cielo costero patagónico y lograron realizar el primer vuelo comercial de la Aeroposta Argentina SA, cubriendo Buenos Aires – Bahía Blanca – San Antonio – Trelew – Comodoro Rivadavia. Sin apoyo terrestre en cuanto a comunicaciones radiales, balizamientos y otras alternativas que hacen a la aviación, como las pistas de aterrizajes y los registros de condiciones meteorológicas.

Publicidad de 1935 de la Aeroposta Argentina, que hacía escalas en Trelew y Comodoro Rivadavia y llegaba hasta Río Gallegos. Años más tarde la Aeroposta uniría Buenos Aíres con Ushuaia.

La experiencia del primer vuelo entre Trelew y Comodoro Rivadavia

En su libro Tierra de Hombres, Antoine de Saint-Exupéry describe su vuelo por nuestro territorio.

“Abandoné la escala de Trelew, rumbo a Comodoro Rivadavia, en la Patagonia. Allí se vuela sobre una tierra abollada como un viejo caldero. Ningún otro suelo, en ningún lado, muestra tan bien su desgaste. Los vientos que empujan a través de una escotadura de la cordillera de los Andes, altas presiones del Pacífico, se estrangulan y aceleran en un estrecho corredor de cien kilómetros de frente, en dirección al Atlántico, y arrasan todo a su paso. Única vegetación de un suelo raído hasta la trama, sólo la cubren pozos de petróleo, como un bosque incendiado. Cada tanto, dominando colinas redondeadas en que los vientos sólo dejaron un residuo de cascajo, se alzan montañas en forma de roda, aguzadas, dentadas, despojadas de su carne hasta el hueso”.

“Durante tres meses de verano la velocidad de esos vientos, en tierra, se eleva hasta ciento sesenta kilómetros por hora. (…) Comenzábamos un vuelo penoso, cayendo a cada paso en baches invisibles. Era un trabajo manual. Durante una hora, los hombros aplastados por esas variaciones brutales, hacíamos un trabajo de estibadores. Más allá, una hora después, encontrábamos la calma”.

“Nuestra máquina resistía. Confiábamos en las junturas de las alas. La visibilidad, por lo general, era buena y no planteaba problemas. Considerábamos esos viajes como una tarea dura, no como dramas.”

De izquierda a derecha, Rufino Luro Cambaceres, Armando Ulled, Alberto Augé, Antoine de Saint-Exupéry (piloto) y Antonio Rivadulla, en el vuelo inaugural de la Aeroposta

La Patagonia como inspiración para “El Principito”

Luego de los más de 15 meses de aventuras y viajes a lo largo del territorio argentino, Saintex se llevó a Francia todas sus anotaciones, anecdotas y paisajes para continuar con la escritura, donde obtuvo su máximo reconocimiento con El Principito en 1943, una obra traducida a más de 140 idiomas y con decenas de millones de ejemplares distribuidos por el mundo entero.

La obra refleja en una de sus ilustraciones una silueta de la Isla de los Pájaros, situada sobre el Golfo San José, donde habitan hoy diferentes especies de aves. Se trata de una imagen en la que una boa se come un elefante. También fueron de gran inspiración volcanes avistados desde el aire, ovejas tapadas de nieve y leyendas aborígenes del Sur.

Muerte de Antoine de Saint-Exupéry

En julio de 1944, un avión pilotado por el autor del famoso cuento infantil “El principito” desapareció en el sur de Francia.

Antoine de Saint-Exupéry participaba de una misión de reconocimiento para la fuerza aérea del Francia Libre, el gobierno en el exilio fundado por Charles de Gaulle en 1940, que luchaba contra la Alemania nazi.

Nadie sabía cómo o dónde había caído su avión.

Pero en 1998, un pescador encontró en aguas cerca de la pequeña isla de Riou, frente a Marsella un brazalete que llevaba el nombre de Antoine de Saint-Exupéry y de su mujer, Consuelo.

Esa fue la alarma que movió a otros a buscar el avión. Se intensificaron los intentos hasta que un submarino localizó el Lightning en el fondo del mar.

Hasta entonces lo esencial fue invisible a los ojos. Con la pulsera y el fuselaje del avión, la muerte cobró forma. Todavía, y probablemente mientras la especie humana exista, lo esencial seguirá imposible de registrarse a simple vista. Los ritos, la necesidad de una evidencia física, hizo que Saint Exupéry fuera un muerto y no “un desaparecido en acción”.

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