El viento patagónico moldea un paisaje dominado por el rojo intenso de la piedra volcánica y el azul profundo del mar. El Área Natural Protegida Cabo Dos Bahías se encuentra a unos treinta kilómetros de la localidad de Camarones y a doscientos cincuenta kilómetros de Trelew. El acceso principal se realiza por la Ruta Provincial 1 hasta empalmar con la Ruta 24, un camino de ripio que se adentra hacia la costa.
Este santuario funciona como un ecosistema indomable que se mantiene abierto al público durante todo el año, aunque el clima dicta las reglas de acceso. La guardafauna Marmela Martínez explica que el predio opera en horario corrido de ocho de la mañana a ocho de la noche.
El parque atraviesa un momento de consolidación y crecimiento estructural. Damián Guerreiro asumió la jefatura del Área Natural Protegida y del Parque Provincial Patagonia Azul a mediados de este año. El funcionario destaca que llegar a este cargo representa un orgullo enorme y la posibilidad concreta de cumplir un sueño vinculado a la conservación del patrimonio natural.
“Apuntamos a fomentar la articulación de un trabajo interinstitucional propiciando el trabajo en equipo con Parques Nacionales, la municipalidad de Camarones y las fundaciones”, detalla el jefe del área. Su visión sostiene que la unión de todos los actores permite generar un avance considerable para que el visitante comprenda a fondo la importancia del cuidado ambiental.
LA LLEGADA MASIVA Y EL INSTINTO SALVAJE
Si bien el paisaje deslumbra en pleno invierno, septiembre marca el inicio del ciclo biológico más esperado. El primer pingüino de Magallanes tocó tierra firme el 9 de septiembre y activó un patrón de comportamiento ancestral.
Los machos son los encargados de salir del mar durante la primera quincena del mes para buscar y reacondicionar los nidos, esperando rearmar las mismas parejas de la temporada anterior. Las hembras, en tanto, hacen su ingreso sobre las últimas semanas de septiembre.
Este proceso de ocupación territorial desata una feroz competencia entre los animales que recién desembarcan. Martínez advierte que las primeras semanas conforman una etapa biológica de alta intensidad dentro de la colonia. “Se ven muchos machos peleándose entre ellos por los nidos o por las hembras, pero es algo normal en esta época”, describe la guardafauna sobre la tensión que antecede a la puesta de los huevos pautada para los primeros días de octubre.
La crianza de los pichones se extiende a lo largo de todo el verano. El ciclo reproductivo culmina entre los meses de marzo y abril, cuando las crías alcanzan el tamaño de los adultos y la colonia entera regresa al mar para iniciar su migración.
Para garantizar la protección de la especie durante estos meses críticos, el cuerpo de guardafaunas intensifica su presencia en el terreno. Esta tarea de asistencia directa se realiza en paralelo con los monitoreos constantes de fauna y los controles de rutina sobre los caminos y la señalética del área.
LA EXPERIENCIA INMERSIVA: NIDOS BAJO LOS PIES Y RUGIDOS LEJANOS
El corazón del recorrido es una pasarela de cuatrocientos metros de baja dificultad que atraviesa la pingüinera. La estructura de metal se transformó con los años en un escudo perfecto contra depredadores como zorros, peludos y gaviotas. Al notar que estas amenazas evitaban acercarse a la pasarela, los pingüinos comenzaron a cavar sus nidos directamente bajo las tablas, logrando un nivel de cercanía fascinante con los humanos.
Esta particularidad exige transitar con extrema precaución, evitando correr. Además, resulta muy habitual que algunos ejemplares decidan subir a la pasarela para tomar sol, situación que demanda mantener una distancia prudencial y evitar cualquier contacto físico. El paisaje se completa con la aparición esporádica de fauna terrestre en los alrededores de la senda, como guanacos, choiques y maras.

El circuito ofrece otras alternativas para explorar la geografía costera. El Sendero al Cabo propone una caminata de tres kilómetros y medio que avanza sobre las formaciones rojas de pórfido hasta separar la bahía de Camarones del Golfo San Jorge. En el extremo de este camino aparece un visitante atípico. Entre julio y octubre funciona allí un apostadero temporal del lobo marino de dos pelos, que elige este rincón chubutense como su único punto de descanso en la costa continental.
La atmósfera acústica del parque es otro de sus grandes atractivos. Desde el Mirador de las Islas, accesible en vehículo, se puede observar la Isla Moreno. Este peñón es el hogar de una enorme colonia de lobos marinos de un pelo. Aunque la distancia obliga a usar binoculares, el viento patagónico transporta sus potentes llamados hasta el continente, generando la sensación de estar rodeado por bestias invisibles.
Hacia el final del trayecto emerge Caleta Sara, una entrada de mar resguardada por murallones naturales. El lugar funciona como un refugio para las embarcaciones pequeñas ante las tormentas y es el único sector del área protegida donde está permitida la pesca costera, una actividad muy convocante durante el invierno. En verano, el espacio cobra vida gracias a un pequeño complejo de cabañas y restaurante que invita a pasar la noche frente al mar.
Sostener la pureza de este territorio y mejorar la calidad de los servicios requiere una planificación minuciosa. “Apuntamos a que el turista tenga un mejor disfrute con cartelería nueva, mejoramiento de los sanitarios y el ordenamiento de los estacionamientos y espacios de recreación”, detalla Guerreiro. Con los nidos ocupados y los proyectos en marcha, el sur de Chubut revalida su título como uno de los paraísos más salvajes del país.
